El Rostro · Día 13 de 30

Hijos de Dios

Parte dos · Conocido · 2 minutos de lectura

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Mas a todos los que le recibieron, dióles potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Juan 1:12 · Reina-Valera 1909

El rostro

Juan nombra aquí una transacción concreta: potestad de ser hechos, recibida específicamente al recibirlo a él, a los que creen en su nombre. No es una condición que sea cierta de todos sin importar su respuesta, sino un regalo verdadero, la potestad de ser hechos, dado a quienes de veras, personalmente, han recibido a Cristo.

Esto aporta una precisión necesaria a cualquier sentido genérico de pertenencia o de familia que hayas absorbido sin una recepción personal genuina. Este versículo nombra algo más particular: hijos de Dios, dado específicamente al recibirlo a él, y no por una simple cercanía general a ideas religiosas o a una comunidad.

Fíjate en potestad de ser hechos, lenguaje activo, no un simple estatus pasivo conferido sin ningún cambio verdadero. Este llegar a ser se describe como verdaderamente capacitado, una capacidad real dada, no una etiqueta aplicada desde fuera mientras nada de la persona real cambia como resultado.

Sea cual sea hoy tu relación con esta identidad específica, hijos de Dios, examina si descansa en la recepción genuina y personal de Cristo, o en algo más genérico, una familiaridad religiosa general sin esta transacción concreta y particular que el versículo describe como la base real y dada.

Vuelve tu rostro

  • Examina con honestidad si tu identidad como hijo de Dios descansa en una recepción genuina y personal.
  • Recíbelo hoy, de manera específica, si esto ha seguido siendo más genérico que personal.
  • Fíjate en la potestad de ser hechos que nombra este versículo, una capacitación activa y no una simple etiqueta externa y pasiva.

Oración

Señor, te recibo hoy, de manera específica y personal. Gracias por la potestad de ser hecho tu hijo, dada de veras, y no una simple etiqueta genérica sin cambio real. Amén.

Llévalo contigo hoy

Llegar a ser hijo de Dios se da específicamente a quienes de veras, personalmente, lo reciben.