Y se levantó una grande tempestad de viento, y echaba las olas en el barco, de tal manera que ya se henchía. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal... y le despertaron, y le dicen: ¿Maestro, no tienes cuidado que perecemos?
La tormenta
Vale la pena quedarse directamente con la pregunta real de los discípulos: «¿no tienes cuidado que perecemos?». Un miedo genuino al que se da voz genuina, no cortés ni medido, sino crudo y honesto, dicho al mismo Jesús. Vale la pena tomarlo como permiso para tu propio clamor honesto, por crudo y poco pulido que sea, en tu propia tormenta.
Fíjate en «él estaba en la popa, durmiendo»: la presencia de Jesús en esta misma tormenta, no ausente de ella, y sin embargo, desde la perspectiva de los propios discípulos, de verdad ajeno, dormido mientras la tormenta seguía rugiendo. Vale la pena tomarlo como un reconocimiento honesto de que su presencia no siempre se siente inmediata ni obviamente activa.
Vale la pena examinar esto frente a cuánto has dudado en llevar a Dios esta misma pregunta cruda y sin pulir, «¿no tienes cuidado?», preocupado de que esta honestidad parezca falta de fe, en lugar de confiar, como muestra este pasaje, en que Jesús recibió esta misma pregunta sin reprender su honestidad cruda y genuina.
Sea cual sea la tormenta que hoy te hace sentir que estás pereciendo, lleva a Dios tu propia versión de esta pregunta, con honestidad, sin pulirla primero. «¿No tienes cuidado que perecemos?». Los próximos movimientos de este libro explorarán qué sigue de verdad a este clamor honesto, pero hoy, sencillamente, con honestidad, pregúntalo.
Encuentra la quietud
- Lleva hoy a Dios tu propia versión cruda y honesta de «¿no tienes cuidado?», sin pulirla primero.
- Fíjate en cualquier duda para expresar un miedo genuino con honestidad, por temor a que parezca falta de fe.
- Confía en que esta clase de honestidad cruda se recibe y no se reprende, como la recibió Jesús aquí.
Oración
Señor, ¿no tienes cuidado que perezco? Te traigo hoy esta pregunta cruda y honesta, confiando en que la recibes, como recibiste la de los discípulos en la tormenta. Amén.
Llévalo contigo hoy
El miedo crudo y honesto se puede llevar directamente a Dios, sin pulirlo primero.