Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar.
La herida
David nombra aquí directamente en quien yo confiaba. Fíjate en este detalle concreto: una confianza dada de verdad, no ingenua ni necia, sino real, y traicionada. Este versículo no culpa a David por haber confiado. Simplemente nombra con honestidad lo que esa confianza genuina recibió a cambio.
Fíjate en el que de mi pan comía, una imagen de intimidad compartida de verdad, comunión de mesa, cercanía ordinaria. Vale la pena sostenerla frente a cuánto de tu herida ha venido de alguien que compartió contigo esta misma clase de cercanía ordinaria y genuina, antes de que esta traición ocurriera de verdad.
Vale la pena examinar esto frente a cualquier culpa propia que se haya colado en tu herida, como si confiar de verdad desde el principio hubiera sido el error mismo, en lugar del marco honesto de este salmo: confianza genuina, genuinamente traicionada, con el mal situado en la traición y no en el confiar.
Quienquiera que comió de tu pan y luego alzó contra ti el calcañar, suelta hoy la culpa que se haya pegado a tu confianza genuina, siguiendo el marco honesto de David: el mal fue la traición, y no el confiar que hizo de verdad posible la cercanía, y la herida.
Elige perdonar
- Fíjate en cualquier culpa propia por haber confiado, y examínala con honestidad hoy.
- Sitúa el mal específicamente en la traición, y no en tu confianza genuina de antes.
- Nombra qué pan compartido, qué cercanía genuina, incluía esta relación antes de la herida.
Oración
Señor, el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, alzó contra mí el calcañar. Déjame soltar la culpa propia y situar el mal donde de verdad pertenece. Amén.
Llévalo contigo hoy
El mal está en la traición, no en la confianza genuina que la hizo posible.